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Tecnología y sociedad: sobre el mundo digital y quienes vivimos en él
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  • Por qué Internet necesita una legislación (3): releyendo a Lessig

    Publicado el 14 14UTC Febrero 14UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    Si se quiere pasar por un verdadero pedante, no hay que decir que se está leyendo a un autor famoso: hay que decir que se le relée. Sin ir más lejos, yo me leí El código, de Lawrence Lessig nada más publicarse. Luego, lo sepulté en la estantería correspondiente, y ahora, unos años después, lo he sacado de ella para someterlo a un intenso repaso.

    El motivo es que quería repasar lo que Lessig tenía que decir sobre normas y regulaciones en la Red. De alguna manera, el nombre de este Catedrático de Derecho de Harvard ha ido ganándose con los años una reputación creciente de enemigo declarado de los derechos de autor, a los que consideraría como algo que la Humanidad debe dar por superado y enterrar en el olvido, como se hizo en su día con las monarquías absolutistas o los calentadores de piernas. Supongo que todos conocemos el vídeo que circula por You Tube donde se anuncia la desaparición de la prensa tradicional para el año 2015 y se especula con que Lessig será nombrado Ministro de Justicia en Estados Unidos… y lo primero que hará será declarar ilegal el copyright.

    Un libro imprescindible, hoy incluso más que ayer

    Uno, la verdad, no sabe de dónde salen estas cosas. Porque una relectura de su obra fundamental deja completamente claro que Lessig jamás ha promulgado la eliminación del copyright ni nada que se le parezca. Sí ha escrito, en más de una ocasión, sobre la necesidad de transformar el modelo actual, que se está demostrando cada vez más imperfecto para tratar de manera eficiente la evolución que el concepto de derechos está viviendo en la sociedad digital (Los interesados pueden leerse esta entrevista publicada en Muy Interesante, estupenda… aunque escriban su apellido “Lessing”. como si fuera pariente de la premio Nobel). Y ha hecho algo más que escribir, como demostró con su iniciativa de lanzar Creative Commons, un nuevo modelo de gestión de derechos que permite a los autores fabricarse un copyright a medida, sin que ello signifique renunciar a percibir ingresos por su trabajo.

    Que el problema de la gestión de derechos de autor viene de bastante más atrás que las últimas andanzas de los Teddy Boys, lo prueba el examen que Lessig hace del Libro Blanco preparado por el Departamento de Comercio de Estados Unidos en 1995 (El Código es de 1999), donde se intentaba buscar una solución a los cambios en “la propiedad intelectual y la infraestructura nacional de información”. No voy a ponerme aquí especialmente exhaustivo sobre los comentarios de Lessig, pero sí quisiera resaltar uno: su principal crítica a este Libro Blanco radica en que parte de una idea  “fundamentalmente equivocada: la idea de que la naturaleza del ciberespacio es la anarquía”. Lo que hizo Lessig fue criticar los contenidos y el desarrollo de ese Libro Blanco; no la necesidad de que exista un Libro Blanco o algún tipo de regulación.

    Su apuesta por esa regulación es, como en todo el libro, el código, la conjunción de hardware y software que conforman el ciberespacio y que deberían contribuir a su configuración y control. “Por un lado podemos construir, desarrollar la arquitectura del ciberespacio o codificarlo para que en su seno de protejan los principios y valores que consideramos fundamentales; y por otro podemos construir, desarrollar su arquitectura o codificarlo de modo que dichos principios y valores desaparezcan. No hay un punto medio”. Y esa arquitectura está presente en todo tipo de cuestiones legales que puedan derivarse del uso y desarrollo de la Red.

    ¿De dónde ha salido la idea de que este hombre está contra el copyright? “Si la ley no protegiese en absoluto al autor, habría pocos autores. La ley, pues, posee una razón para proteger a los autores, al menos en la medida en que, haciéndolo, les proporciona un incentivo para producir”. Esta es la misma frase que, por su sentido común, ha sido repetida infinidad de veces por autores de todo pelaje y condición, y que les ha hecho, merecedores de calificaciones de lo más variado o, mejor dicho, sin demasiada variación: hienas, peseteros, parásitos, y unas cuantas cosas más.

    Este repaso a la obra más conocida de Lessig me ha hecho ver que no estaba tan solo como creía. Así que seguramente voy a seguir recurriendo a ella a la hora de examinar aspectos como la libertad de expresión, derecho a la privacidad y otras cosillas que seguramente irán apareciendo por aquí. Pero sí resulta que Lessig realmente no defiende la desaparición del copyright entonces ¿quién lo hace? ¿Qué dicen las voces patrias más oídas en el entorno de Internet? Probablemente sea lo que consulte en la siguiente entrega.

    Y mientras tanto, si quieren conocer mejor a Lessig, pueden hacer tres cosas: una, buscar este libro, que ya debe estar pelín desaparecido. Dos, comprar en esta página su nueva versión actualizada y ampliada, por 26 euros… o, tres, descargarse, en esta misma página una versión en PDF completamente gratis. ¿No es el mejor ejemplo de la evolución del copyright?

  • Por qué Internet necesita una legislación (2): el semáforo inevitable

    Publicado el 7 07UTC Febrero 07UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    Una de las cosas buenas de Internet es su facilidad para proporcionarnos al instante datos de relevancia variable. Por ejemplo, para seguir con esta serie de artículos necesitaba saber el momento en el que fue instalado el primer semáforo del mundo. De acuerdo con diversas páginas, este aparato de regulación del tránsito rodado apareció en Estados Unidos en 1920, más concretamente en el cruce de las avenidas Woodward y Michigan, en Detroit (precisamente la llamada ciudad del automóvil). Su creador fue el oficial de policía William L. Potts, que pensó que el creciente número de coches imponía pensar en nuevos sistemas para controlar la circulación, aunque el modelo que finalmente se popularizó por todo el país fue uno similar desarrollado por Garrett Morgan, de Ohio, y adquirido por la General Electric. Pero nos estamos yendo por la tangente. Lo que importa es recordar aquí cómo los coches comenzaron a necesitar de una legislación y un código de conducta cuando las dimensiones del parque móvil lo hicieron necesario.

    Supongo que ya se me ve venir. Pero es que los paralelismos entre el nacimiento y desarrollo de la Red y el automóvil son tantos que no lo he podido ni querido evitar. De entrada, son dos de los inventos que más decisivamente han cambiado la historia y la configuración del mundo. Y luego, sus inicios tienen, en efecto, algunas cosas en común. Por ejemplo, según nos cuentan Asa Briggs y Peter Burke en su libro De Gutemberg a Internet, el advenimiento del coche sin caballos –horseless carriage, como se le llamaba entonces- produjo manifestaciones de opinión que abogaban por proporcionar “nuevas libertades, entre ellas, la “libertad de la carretera””. Pero las cosas no iban a ser así: “Desde el primer momento, la libertad de la carretera señaló la necesidad de control”, señalan los autores, recordando que las bandejas rojas utilizadas para limitar la velocidad estuvieron en uso desde mucho antes de que se construyera la primera autopista.

    Un libro y un autor cada vez más dignos de atención

    Probablemente si los automóviles hubieran seguido siendo, como en un principio, un lujo reservado a unos pocos afortunados, la necesidad de una estructura de control que las décadas y la tecnología han ido haciendo cada vez más compleja, nunca habría surgido. Y, de la misma manera, si Internet nunca hubiera pasado de sus pañales, cuando su uso estaba reservado a científicos y militares, únicos que por otra parte podían computar en los escasos y enormes ordenadores de la época, yo no habría escrito este artículo y nadie lo estaría leyendo (puede que tampoco lo haga demasiada gente, de todos modos). Pero los coches se abarataron y su uso creció. Influyeron no sólo en el transporte, sino en la economía y en la propia configuración de las poblaciones y las estructuras de comunicación, además de crear nuevas oportunidades de negocio. Exactamente igual que Internet.

    Al mismo tiempo, su uso también ha traído aparejada una serie de problemas, como la contaminación o los accidentes, que se han intentado –y conseguido- paliar precisamente a golpe de legislación. Nadie se ha creído que la imposición de multas de tráfico cada vez más duras y la aparición de iniciativas como el carnet por puntos hayan supuesto una agresión a la libertad de nadie; sí han contribuido a reducir el número de muertos que durante mucho tiempo se ha considerado como un precio necesario para disfrutar de una invención que, sin duda, ha aportado a la humanidad muchas más ventajas que inconvenientes.

    Soy Jaron Lanier y no, cuando no estoy escribiendo sobre Internet no tengo ningún grupo de reggae... ¿Por qué todos me preguntan lo mismo?

    Ah, pero Internet no es un medio de transporte, sino un medio de comunicación y expresión; y además su uso indebido aún no ha matado a nadie. Cierto en ambos casos. Pero eso no quiere decir que ese uso indebido no esté afectando a la propia Internet, tanto como a los usuarios. El endurecimiento en las sanciones de tráfico fue recibido de uñas por parte de muchas personas. Ahora, textos como este tampoco son especialmente populares, y menos aún considerando cómo están las cosas. Pero, sinceramente, creo que cada vez somos más los que comenzamos a pensar así.

    Es curioso, pero algunos de los éxitos editoriales más recientes referidos a Internet son los que señalan sus aspectos más negativos, a los que muy pocos se han molestado en prestar atención. Y sus autores son expertos como como Andrew Keen o Jaron Lanier, que han merecido una atención multitudinaria con sus libros The Cult of the Amateur y I am not a gadget, en los que, cada uno a su manera, nos cuentan cómo la realización de una Internet anárquica ha desembocado en un marco más digno de El señor de las moscas, con la utopía rota, inservible y perjudicial para todos los que están en ella.

    Son algunos de los que han comenzado a señalar la necesidad de unas reglas de juego, los que se han atrevido a señalar los cruces donde deberían instalarse los primeros semáforos. En la próxima entrega cruzaremos la calle para repasar las predicciones de algunos de los que están en el otro lado.

  • La estrategia del teniente Colombo, o Pero si aquí lo que menos importa es el iPad…

    Publicado el 31 31UTC Enero 31UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla 6 comentarios

    AppleUno hace un cierto tiempo que dejó de ser periodista en activo, así que quienes esperen encontrarse aquí con otra reseña sobre el iPad, lo siento, pero no la van a tener. Además, ¿es que no hemos tenido ya bastantes? Vaya días hemos vivido, por Dios. El chorreo de información, el runrún previo, la retransmisión en streaming, la cobertura posterior… ¿Qué va a decir uno sobre el iPad que esté mínimamente a la altura de las opiniones de mis ex colegas, que siguen dedicados a la tecnología al cien por cien?

    Bueno… venga, va, por lo menos algunas cosillas: uno, no me termina de convencer. Dos, no percibo que ninguna de sus funciones pueda superar a lo que ofrecen actualmente los netbooks o smartphones,  aunque el diseño, hasta ahí podríamos llegar, es impecable. Tres: si es cierto que sólo permite desarrollar una aplicación a la vez, entonces Wired tiene razón y eso no es un ordenador, sino un iPhone con elefantiasis con el que, encima, no se puede llamar. Y cuatro: ¿A quién le importa tres pepinos lo que diga yo? Lo ha presentado Steve, y basta.

    Este tema es algo que ya comenté hace unos años con Carmen Jané, la tecnoexperta de El periódico de Cataluña (por cierto, aquí sus opiniones y crónicas sobre el iPad, muy recomendables como todo lo que escribe Carmen): cómo las presentaciones de Apple habían evolucionado hasta convertirse en una de las herramientas comunicativas más demoledoras de la época actual. Si el sector tecnológico no quita ojo a su presidente, el de la comunicación y las PR, literalmente, flipa. Con él, con su estrategia, con sus resultados, incluso con su look. Porque Steve Jobs es uno de los principales cultivadores de la táctica Colombo, que consiste en escoger un uniforme con el que aparecer invariablemente ante los medios de comunicación. Colombo tenía su gabardina, Superman su pijama azul, y en el mundo real, Karl Lagerfeld tiene sus gafas de sol, George Lucas sus camisas de cuadros y Steve Jobs sus vaqueros y su suéter negro. La única manera de saber a qué año pertenece la imagen de una de sus presentaciones es mirando el gadget que tiene en la mano; él, achuchones de salud aparte, no cambia. Ni tiene por que.

    El suéter es el de todos los años, pero ah...

    Nunca tantos millones de personas miraron a un suéter, digo, a un teléfono.

    Entre los productos presentados por Steve a lo largo de los años, la verdad es que ha habido de todo; algunos han supuesto verdaderas revoluciones, otros han caído piadosamente en el olvido, otros -entre ellos cierto teléfono- han tenido que sufrir ajustes posteriores para suplir determinadas carencias. Es decir: nada que no haya ocurrido en otras muchas empresas tecnológicas. Quizá la diferencia es que Apple ha sabido jugar mejor que nadie la carta del acceso reservado. Los productos de la manzanita fueron, durante mucho tiempo, caros y exclusivos, destinados a unos determinados gremios profesionales (entre los cuales, afortunadamente, se encontraba el mío). Con el segundo advenimiento de Steve, a mediados de los 90, y el lanzamiento de la “i” como denominador común de sus productos destinados al gran consumo, Apple se convirtió en un objeto igual de elitista que antes, pero ahora mucho, mucho más hip… y ya no tan caro. Sus precios seguían por encima de sus competidores, en los campos donde los tenía, pero ahora, poco a poco, eran más guais y más asequibles.

    Hola, soy el del suéter del año pasado y les traigo...

    Hola, soy el del suéter del año pasado y les traigo...

    Y luego, encima de todo esto, estaba Steve. La comunicación en persona, el clipping masivo con suéter negro. ¿Bill Gates? No me hagan reír; le he visto tres veces en mi vida, y siempre he acabado atrapado por un cierto sopor expectante, algo similar a cuando esperaba que terminaran de descargarse las actualizaciones del Vista. Y en cuanto a las demás empresas, ni intentan contar con una figura similar y acaban tirando de chequera para que vaya un Negroponte a crear espectáculo y convencernos de que aplicaciones que ni siquiera han salido del laboratorio estarán pasado mañana en Mediamarkt.

    ¿Qué más da el iPad? Es sólo otra pieza en la colección de trofeos de Steve. Los Applefilos ya van haciendo cuentas, consideran si sí o si no. y Steve, por su parte, ya estará planchando el suéter negro para el año que viene. Si el iPad seguirá vigente entonces o su recuerdo quedará borrado por el nuevo coprotagonista de presentación de Steve, eso estará por ver. Lo que es seguro es que habrá un suéter negro. Una vez más, el hombre frente a la máquina. O, mejor dicho, el hombre con su máquina. Y el mundo, mirando.

  • Por qué Internet necesita una legislación (1): ¿Cuántos amigos voy a perder?

    Publicado el 24 24UTC Enero 24UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla 5 comentarios

    Algunos periodistas construyen su reputación a partir de un solo éxito, un programa o un medio cuya reputación permanece por siempre inmaculada, y al mismo tiempo impulsa la suya propia durante el resto de sus carreras. Es el caso de Jose Luis Balbín y La Clave. Emitido en TVE durante los primeros años de la Transición, ha quedado en la memoria de quienes lo vimos como un espacio de debate modélico, de los mejores que jamás hayan pasado por nuestras pantallas (inciso: ya que TVE está enfocada –dicen- a cumplir con su cometido de servicio público, podría ocurrírsele a alguien colgar en su web una selección de los mejores espacios del programa, igual que han hecho con serie señeras como Curro Jiménez o Los Gozos y las Sombras. Sólo una sugerencia).

    ¿Qué tenía La Clave de particular? Básicamente, dos cosas: una, el nivel de los invitados, expertos nacionales e internacionales en el tema que fuera a debatirse en cada programa. Y dos, el tono general de los debates, que respondía sin estridencias a eso que entonces se entendía por intercambio de ideas, mesurado y respetuoso, que lograba que los espectadores sintiéramos esa sensación tan excepcional cuando de la televisión se trata que es la de estar aprendiendo al tiempo que se ve y se escucha.Unos tiempos anteriores a la llegada del padre Apeles, Juan Adriansens o Isabel Durán, y que, como todos los tiempos pasados, se han perdido para siempre, y en esta ocasión por más de un motivo.

    ¿Pero aquí no íbamos a hablar de Internet? A eso voy. Todo este rollo preliminar venía porque el intercambio de improperios en que se han convertido desde hace ya tiempo las reuniones, propuestas y contrapropuestas sobre una legislación que controle de alguna manera el intercambio de archivos en Internet le hace añorar a uno los tiempos de La Clave. Es un campo en el que da bastante miedo meterse, más todavía si uno no es más que un triste bloguero del montón y encima va provocando y se atreve a sostener opiniones que, si bien no siguen al pie de la letra la línea del gobierno, sí sostienen que estamos ante una situación descontrolada que necesita de algún tipo de normativa.

    Mantener esa postura, tal y como está el patio, equivale a comprarse papeletas de quince en quince para ser tachado de fascista, gilipollas, sectario, apesebrado de Zapatero o todo lo anterior; para verse obligado a reforzar el antivirus y que no deje pasar ni al cobrador de la luz; para que el listado de amigos en Facebook descienda de manera fulminante… y los contactos en el mundo físico, también. Es algo parecido a lo que te ocurría en los ochenta si te atrevías a decir en voz alta que no te gustaba el cine de Almodóvar; aunque ahora, dos Oscar y muchos triunfos después, ya podamos despellejarle a gusto.

    Nunca hemos sido en España muy dados a los matices. Por ello, no tiene ningún sentido plantearse analizar un asunto lleno de complejidades, sacar la cabeza fuera del agua para ver cómo andan las cosas por otros países, ver todos los detalles que diferencian las razones de cada una de las partes que intervienen. Nada de eso; es mucho más sencillo arrogarse el papel de defensor a ultranza de la libertad de expresión, y demostrarlo a continuación acusando a todos los que no piensen como uno de ser unos vendidos a intereses del pelaje más diverso, pero todo oscuros por igual. Eso es lo que estoy percibiendo yo, al menos en buena parte de los autoproclamados representantes de los internautas y en no pocos medios de comunicación cada vez más inclinados a la descalificación del contrario como elemento principal. Sin contar, obviamente, los que se han lanzado a utilizarlo como arma política, intentando vender la idea de que sin este gobierno viviremos mejor, al menos en ese aspecto, y cualquiera que llegue después dejará a los internautas campar y descargar por sus respetos. Educadamente, permítanme que me parta la caja. Y en entradas posteriores intentaré explicar los  motivos.

    Dicho todo esto, y aún con la íntima convicción de que no servirá de nada, voy a intentar exponer aquí por qué Internet sí necesita una legislación. Es un tema, ya lo he dicho, largo y enrevesado, que va a necesitar de más de una entrada para siquiera empezar a desarrollarse. Así que, si alguien ha tenido la paciencia de leer hasta aquí, le pediría que la tuviera también para leer los siguientes posts, que comenzará, creo, del modo más lógico: con un poco de historia para ver cómo empezó todo esto y cómo hemos llegado a estar donde estamos.

  • Back on the chain gang (pero de otra manera)

    Publicado el 10 10UTC Enero 10UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    Dejar abandonado un blog es bastante parecido a hacer lo mismo con un entorno físico, pongamos una vivienda, una mesa o ese armario que a todos nos da miedo abrir pensando en lo que la dejadez puede haber ido acumulando dentro; desde ratones a la momia de Tutankamón. ¡Rediós, y cómo estaba esto de porquería, aunque fuera digital! Tras meses de abandono, por fin me he decidido a abrir la puerta. Y, tal y como me temía, he pasado horas quitando polvo, aunque fuera en forma de spam, y revisando bien los roperos y las estanterías de Tecnovedades pensando qué iba a hacer ahora con él.

    ¿Por qué se interrumpió Tecnovedades de forma tan abrupta? Sencillamente: porque su autor –este que les escribe- encontró un trabajo fijo, y no está la cosa como para ir rechazando oportunidades. Este blog había sido planteado como una web informativa donde se reseñaran las novedades aparecidas en el entorno tecnológico (y la sociedad a la que afectan), complementadas con entrevistas y artículos de opinión. No tardé en darme cuenta de que mi nuevo empleo –consultor de medios de una agencia de comunicación- era incompatible con la mayor parte de esas actividades. Además, tampoco me dejaba demasiado tiempo libre, y el mantenimiento y actualización del blog, asistencia a ruedas de prensa incluídas, ocupaba fácilmente tres o cuatro horas al día.

    Tiré la toalla, pero no borré el blog. Me alegro de no haberlo hecho. Lo he sometido a una profunda limpieza, no sólo de correo basura, sino de todas las entradas que no tienen que ver con la línea que va a seguir a partir de ahora, y que podemos resumir en los siguientes puntos:

    1. Desaparecen todas las reseñas tecnológicas… Por incompatibilidad con mi trabajo actual, por exceso de competencia –echen un vistazo aquí, aquí y aquí, por poner sólo tres ejemplos de gente que ya hace esto, y muy bien, además- y por falta de capacidad para abarcar todo lo que sale en este terreno. Cubrir un campo de forma parcial es casi peor que no cubrirlo.

    2. …Pero se refuerzan los artículos de opinión. Con lo cual el blog corre el riesgo de convertirse en uno de tantos donde el enterado de turno coloca sus ocurrencias. Sólo puedo decir que todos los posts tendrán una fuente sólida en la que basarse, y abundantes links para que los lectores puedan contrastar lo que aquí se cuenta, formarse su propia opinión, y contribuir en el apartado de comentarios. Una ventaja añadida: ya no tendrán que aguantar mi fotico a todas horas, pues antes la ponía para diferenciar las entradas de opinión de las de información.

    3. Siguen las reseñas editoriales y las entrevistas. En la medida de lo posible, continuaré hablando de novedades en papel (o en libro electrónico) y enviando preguntas a todos los que piense que tienen algo que decir y ganas de contarlo.

    4. Bajan los gadgets, sube la sociedad digital. La influencia de la web y la tecnología cotidiana en nuestra manera de vivir es una de mis obsesiones preferidas, y no voy a renunciar aquí a ella, más bien al contrario. También hablaremos de la metamorfosis de la prensa –o de lo que queda de ella- y del papel de la comunicación en la sociedad 2.0, que, a fin de cuentas, es por donde me muevo profesionalmente en la actualidad.

    5. La periodicidad pasa a ser irregular. Antes, el blog se actualizaba todos los días. Ahora se hará cuando buenamente sea posible y haya cosas interesantes sobre las que hablar y escribir.

    ¿Y cuándo empieza todo esto?

    Pues si todo va bien y Dios reparte suerte, en los próximos días.

    ¿Seguimos?

  • Facebook: amigos, conocidos y conectados

    Publicado el 7 07UTC Mayo 07UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    opinion

    El último recuento que he hecho de mis amigos en Facebook arroja la cifra de 93, lo que probablemente me sitúa en la categoría de aquellos que no son ermitaños digitales al cien por cien. El último recuento de amigos en la vida real, de los que han estado a mi lado durante una etapa de mi vida que no quiero volver a repetir y que espero haya concluido ya, se pueden contar con los dedos de una mano, y me sobran para teclear esto.

    Se ha debatido mucho sobre el auge de las redes sociales y su papel como sustitutivo de la amistad verdadera. Supongo que buena parte de la polémica se deriva del uso, demasiado generoso, de la palabra “amigo”, con la que se califican a todos y cada uno de nuestros contactos digitales, cuando en realidad es uno de los términos que deberíamos emplear con más cuidado. Me estoy acordando ahora de la frase de Josep Pla –recordada recientemente por Juan Cruz- que dividía a la gente en amigos, conocidos y saludados, y opino que no estaría mal actualizarla como amigos, conocidos y contactados. Lo cual se ajusta mucho mejor a las 93 personas que forman mi grupillo social en Facebook… entre las cuales, por otra parte, también hay algún amigo.

    Facebook puede ser muchas cosas, pero desde luego no es ninguna herramienta mágica para hacer amigos. Cada uno la maneja como quiere, pero si yo no estoy contactado con demasiada gente, se debe en buena parte a que no admito a nadie a quien no conozca en persona, siquiera mínimamente. La coincidencia en el apellido o en el lugar de origen no es suficiente para que me decida a engancharme con gente con la que, por otra parte, no tengo ninguna relación. Y aún así…

    Entré en Facebook porque me metieron, como suele ocurrir con estas cosas. Luego me decidí a utilizarlo al ver que contaba en red con un número apreciable de parientes. A partir de ahí, las cosas han ido creciendo, y en mi grupo se unen ex compañeros de colegio con ilustres colegas y contactos profesionales. Ni se me pasa por la cabeza hacerme amigo de Rajoy o de Zapatero. Sí estoy conectado con algunos nombres bastante populares, como Javier Sierra, de profesión sus bestia-sellers, Fernando Berlín, hombre de radio, tecnólogo e internetero, o Pepe Colubi, el rey de la tele, que ahora triunfa con sus ¡Pechos Fuera!, pero si están en mi lista ello se debe a que ya nos conocíamos antes de que se creara Facebook. Con todo, cuando entro en sus perfiles compruebo que todos tienen miles de contactos, lo cual sólo puede explicarse gracias a que cuentan con una simpatía arrolladora o a que utilizan su perfil como una herramienta de promoción personal o profesional (eso sí, cuando les he enviado un mensaje siempre me han respondido).

    Yo creo que cuando pase la tormenta, es decir, cuando descienda la ebullición de las redes sociales y su uso se vaya normalizando tal y como ha pasado con otras modas de Internet, utilizaremos Facebook como lo que es: una herramienta de contacto algo más completa –en algunos aspectos- e instantáneas –en otro- que el teléfono o el correo electrónico. No nos hace más populares (bueno, a lo mejor a Rajoy sí ¿lo cogen?) más listos ni más guapos. Ni es una herramienta para acabar teniendo un millón de amigos, como cantaba Roberto Carlos.

  • Google vale 100.000 millones de dólares

    Publicado el 5 05UTC Mayo 05UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    google-logo-bigToshiba. TDK. Waterman. Omega. Nokia. Mentos. Siemens. Son algunas de las marcas comerciales que tengo delante de los ojos en el momento de ponerme a escribir este post. Estamos rodeados, sin duda; tanto que ya, muchas veces, ni las prestamos atención. Pero a mí esto de las marcas comerciales es un tema que siempre me ha divertido. Por cierto, uno de los libros más entretenidos –e ilustrativos- que se pueden leer sobre el particular es Las marcas a examen. El gran desafío de la identidad comercial, de Kevin Drawbaugh, publicado en España hace ya algunos años por Pearson. No ha perdido un minuto de vigencia.

    Desde 2006, el valor de las marcas queda establecido cada año con la publicación de la clasificación BrandZ, que elabora la consultora Millward Brown. En él no sólo se determina cuáles son las marcas más valoradas por los consumidores en todo el mundo, sino que se establece un valor económico para cada una de ellas. La edición de 2009, recién publicada, coloca como ganador indiscutible a Google, con un 16% de aumento sobre el último año. Es el tercer año consecutivo que queda en primer lugar, pero la noticia está en su valor estimado: 100.000 millones de dólares. Es la primera marca comercial que logra superar esta barrera.

    Entre las diez primeras marcas hay otras cinco que pertenecen al mundo tecnológico: Microsoft, IBM, Apple, China Mobile y Vodafone. Movistar no está en primera fila, pero también ha vivido un crecimiento notable: ocupa el puesto 62 -26 más arriba que el año pasado- con un valor estimado de 10.911 millones de dólares. Llama también la atención el baño que marcas como Nintendo Wii -8.256 millones- y xBox 360 -4.581- le meten a la PlayStation 3, que con 341 millones ni roza el diez por ciento del valor de sus competidores.

    Pueden acceder al informe completo aquí.

  • SMS: ¿buen principio?

    Publicado el 4 04UTC Mayo 04UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    Al margen de que se esté de acuerdo o no con su ideología, hay que reconocer que la nueva página web de los peperos tiene muy buena pinta: fresca, clara, actual.

    Falta por ver si van a ser capaces de sacarle todo el partido y hacer política como mandan los cánones en los albores del siglo XXI. La página de un partido ya no puede ser un mero escaparate, sino una herramienta interactiva al ciento diez por cien.

    Claro que la mejor prueba de fuego es una buena campaña electoral…

  • Se dispara la búsqueda de empleo en la Red, según Nielsen

    Publicado el 4 04UTC Mayo 04UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    imagephp No por esperado el dato es menos desalentador: en el último año, hay una Página web que ha aumentado su tráfico en un 650%. ¿Cuál? Esa misma: la del Instituto Nacional de Empleo (INEM), según se desprende de un estudio elaborado por Nielsen Online con motivo de la celebración del 1 de mayo.

    Durante el último mes, 733.000 internautas han acudido a esta página web para consultar ofertas de empleo, cursos de formación para parados o información sobre el subsidio de paro. Del mismo modo, se han multiplicado las búsquedas de palabras tan inquietantes como “ERE”, “paro”, “despido” y “oposiciones”, con webs como www.buscaoposiciones.com que han incrementado su audiencia un 73% en el último año.

    En este rastreo de la red en busca de trabajo no pueden faltar las redes sociales (justificadamente, porque créanme: ¡funcionan!), con la muy útil Linkedin a la cabeza: 705.000 usuarios en marzo y un aumento de tráfico del 400%. Xing y Viadeo también suben, pero no tanto: un 106 y un 85% respectivamente. En cuanto a los portales tradicionales de búsqueda de empleo, en primer lugar está Infojobs, con más de tres millones de usuarios únicos en marzo, seguido por Infoempleo (1,6 millones) y Laboris (1,3).

    Cómo decía aquél, seguiremos informando… pero a ver si las noticias son mejores.

  • La montonera virtual

    Publicado el 30 30UTC Abril 30UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    opinion4 El otro día almorcé en el De María de la Gran Vía, un restaurante argentino –pertenece a una cadena- que ofrece una buena opción de menú en barra (lo apunto aquí en honor de los lectores carnívoros: morcilla o chorizo criollo, patatas fritas, asada o ensalada, medio asado de tira, copa de vino, helado o café, doce euros). A mi derecha, en la pared, había un pequeño cajetín de madera y sobre él, una gorra de béisbol bastante ajada. Me di cuenta de ello porque el encargado del local pasó por al lado, pareció percatarse en ese momento de su presencia y, cogiéndola, preguntó a los camareros de quién era.

    - Es de un señor que viene a tomarse su café, y le gusta dejarla ahí. – Contestó uno.

    - ¿Pero viene todos los días?

    - Todos los días, no; pero muy a menudo.

    Sin prestar demasiada atención a la respuesta, el encargado ordenó que tiraran la gorra. “¡Pues sí que estaríamos buenos si todo el mundo dejara aquí sus cosas!”, masculló, y se perdió por las interioridades del local.

    Mientras atacaba mi asado, pensé que el encargado, desde luego, actuaba como cabe esperarse hoy en día de un profesional de su ramo en una gran ciudad. Quizá no tenía memoria suficiente para saber que, en otros tiempos, incluso una población del tamaño de Madrid sí establecía este grado de confianza con los clientes de los establecimientos públicos. El periodista Jesús Pardo recuerda en sus memorias sus tiempos de gijonero de pro, donde frecuentaba el café tan a menudo como para dejar en él a perpetuidad varios de sus libros de literatura y filosofía. Hoy, puede que esa costumbre siga en uso en pueblos pequeños e incluso en ciudades de tamaño medio, pero la despersonalización y la paranoia que parecen correr por las arterias de nuestras megalópolis la han desterrado de ellas.

    Hay una excepción, claro. La mayor población del mundo. Más que enorme, inabarcable y repleta de establecimientos donde no podemos entrar a tomar un café –es lo malo de que sean virtuales- pero en los que, con plena confianza, entramos y dejamos nuestra gorra o nuestros libros con la seguridad de que allí seguirán, intactos y a nuestra disposición, cuando se nos ocurra volver. Todos tenemos miles de correos electrónicos alojados en servidores, cientos de fotos en Flickr o Picasa, y la historia de nuestra vida y milagros en proporción creciente en Facebook. Los parados –ay- dejan su historial profesional en Infojobs o Linkedin, y las nuevas radios en red tienen horas de música para que las disfrutemos, sin que esas canciones estén físicamente en nuestro ordenador. Los aficionados a Twitter incluso pueden dejar un elemento nuevo, su rutina diaria, con micronoticias fascinantes (“Voy a cambiarle el agua al canario”, “me he pillado el desto izquierdo al subirme la cremallera…”). Algunas de estas cosas las compartimos con amigos y conocidos, otras con todo el mundo, y aún otras son para nuestro uso exclusivo y personal. Muy pocos usuarios sabrían decir con certeza dónde quedan guardados esos objetos personales que alegremente abandonan a la red; pero no tienen reparo en hacerlo, de todos modos. Posiblemente no exista ningún lugar en el mundo donde dejemos con tanta despreocupación pedazos de nuestra personalidad.

    Y a veces juego con un pensamiento que me da mareos: ¿pueden imaginarse que todo ese material cobrara presencia física en su forma analógica de papeles, discos, fotografías… y apareciera de repente sobre la superficie del planeta? Puede que no sea exagerado hablar de 6.000 millones de personas enterradas por esa marea de material. Una de las definiciones más tópicas de Internet es la que lo califica como “la biblioteca de Babel”. Yo casi prefiero la de “la montonera virtual”. ¿Alguien quiere una gorra?