Tecnología y sociedad: sobre el mundo digital y quienes vivimos en él
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  • Por qué Internet necesita una legislación (2): el semáforo inevitable

    Publicado el 7 07UTC Febrero 07UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    Una de las cosas buenas de Internet es su facilidad para proporcionarnos al instante datos de relevancia variable. Por ejemplo, para seguir con esta serie de artículos necesitaba saber el momento en el que fue instalado el primer semáforo del mundo. De acuerdo con diversas páginas, este aparato de regulación del tránsito rodado apareció en Estados Unidos en 1920, más concretamente en el cruce de las avenidas Woodward y Michigan, en Detroit (precisamente la llamada ciudad del automóvil). Su creador fue el oficial de policía William L. Potts, que pensó que el creciente número de coches imponía pensar en nuevos sistemas para controlar la circulación, aunque el modelo que finalmente se popularizó por todo el país fue uno similar desarrollado por Garrett Morgan, de Ohio, y adquirido por la General Electric. Pero nos estamos yendo por la tangente. Lo que importa es recordar aquí cómo los coches comenzaron a necesitar de una legislación y un código de conducta cuando las dimensiones del parque móvil lo hicieron necesario.

    Supongo que ya se me ve venir. Pero es que los paralelismos entre el nacimiento y desarrollo de la Red y el automóvil son tantos que no lo he podido ni querido evitar. De entrada, son dos de los inventos que más decisivamente han cambiado la historia y la configuración del mundo. Y luego, sus inicios tienen, en efecto, algunas cosas en común. Por ejemplo, según nos cuentan Asa Briggs y Peter Burke en su libro De Gutemberg a Internet, el advenimiento del coche sin caballos –horseless carriage, como se le llamaba entonces- produjo manifestaciones de opinión que abogaban por proporcionar “nuevas libertades, entre ellas, la “libertad de la carretera””. Pero las cosas no iban a ser así: “Desde el primer momento, la libertad de la carretera señaló la necesidad de control”, señalan los autores, recordando que las bandejas rojas utilizadas para limitar la velocidad estuvieron en uso desde mucho antes de que se construyera la primera autopista.

    Un libro y un autor cada vez más dignos de atención

    Probablemente si los automóviles hubieran seguido siendo, como en un principio, un lujo reservado a unos pocos afortunados, la necesidad de una estructura de control que las décadas y la tecnología han ido haciendo cada vez más compleja, nunca habría surgido. Y, de la misma manera, si Internet nunca hubiera pasado de sus pañales, cuando su uso estaba reservado a científicos y militares, únicos que por otra parte podían computar en los escasos y enormes ordenadores de la época, yo no habría escrito este artículo y nadie lo estaría leyendo (puede que tampoco lo haga demasiada gente, de todos modos). Pero los coches se abarataron y su uso creció. Influyeron no sólo en el transporte, sino en la economía y en la propia configuración de las poblaciones y las estructuras de comunicación, además de crear nuevas oportunidades de negocio. Exactamente igual que Internet.

    Al mismo tiempo, su uso también ha traído aparejada una serie de problemas, como la contaminación o los accidentes, que se han intentado –y conseguido- paliar precisamente a golpe de legislación. Nadie se ha creído que la imposición de multas de tráfico cada vez más duras y la aparición de iniciativas como el carnet por puntos hayan supuesto una agresión a la libertad de nadie; sí han contribuido a reducir el número de muertos que durante mucho tiempo se ha considerado como un precio necesario para disfrutar de una invención que, sin duda, ha aportado a la humanidad muchas más ventajas que inconvenientes.

    Soy Jaron Lanier y no, cuando no estoy escribiendo sobre Internet no tengo ningún grupo de reggae... ¿Por qué todos me preguntan lo mismo?

    Ah, pero Internet no es un medio de transporte, sino un medio de comunicación y expresión; y además su uso indebido aún no ha matado a nadie. Cierto en ambos casos. Pero eso no quiere decir que ese uso indebido no esté afectando a la propia Internet, tanto como a los usuarios. El endurecimiento en las sanciones de tráfico fue recibido de uñas por parte de muchas personas. Ahora, textos como este tampoco son especialmente populares, y menos aún considerando cómo están las cosas. Pero, sinceramente, creo que cada vez somos más los que comenzamos a pensar así.

    Es curioso, pero algunos de los éxitos editoriales más recientes referidos a Internet son los que señalan sus aspectos más negativos, a los que muy pocos se han molestado en prestar atención. Y sus autores son expertos como como Andrew Keen o Jaron Lanier, que han merecido una atención multitudinaria con sus libros The Cult of the Amateur y I am not a gadget, en los que, cada uno a su manera, nos cuentan cómo la realización de una Internet anárquica ha desembocado en un marco más digno de El señor de las moscas, con la utopía rota, inservible y perjudicial para todos los que están en ella.

    Son algunos de los que han comenzado a señalar la necesidad de unas reglas de juego, los que se han atrevido a señalar los cruces donde deberían instalarse los primeros semáforos. En la próxima entrega cruzaremos la calle para repasar las predicciones de algunos de los que están en el otro lado.

  • Por qué Internet necesita una legislación (1): ¿Cuántos amigos voy a perder?

    Publicado el 24 24UTC Enero 24UTC 2010 Vicente Fernández de Bobadilla 5 comentarios

    Algunos periodistas construyen su reputación a partir de un solo éxito, un programa o un medio cuya reputación permanece por siempre inmaculada, y al mismo tiempo impulsa la suya propia durante el resto de sus carreras. Es el caso de Jose Luis Balbín y La Clave. Emitido en TVE durante los primeros años de la Transición, ha quedado en la memoria de quienes lo vimos como un espacio de debate modélico, de los mejores que jamás hayan pasado por nuestras pantallas (inciso: ya que TVE está enfocada –dicen- a cumplir con su cometido de servicio público, podría ocurrírsele a alguien colgar en su web una selección de los mejores espacios del programa, igual que han hecho con serie señeras como Curro Jiménez o Los Gozos y las Sombras. Sólo una sugerencia).

    ¿Qué tenía La Clave de particular? Básicamente, dos cosas: una, el nivel de los invitados, expertos nacionales e internacionales en el tema que fuera a debatirse en cada programa. Y dos, el tono general de los debates, que respondía sin estridencias a eso que entonces se entendía por intercambio de ideas, mesurado y respetuoso, que lograba que los espectadores sintiéramos esa sensación tan excepcional cuando de la televisión se trata que es la de estar aprendiendo al tiempo que se ve y se escucha.Unos tiempos anteriores a la llegada del padre Apeles, Juan Adriansens o Isabel Durán, y que, como todos los tiempos pasados, se han perdido para siempre, y en esta ocasión por más de un motivo.

    ¿Pero aquí no íbamos a hablar de Internet? A eso voy. Todo este rollo preliminar venía porque el intercambio de improperios en que se han convertido desde hace ya tiempo las reuniones, propuestas y contrapropuestas sobre una legislación que controle de alguna manera el intercambio de archivos en Internet le hace añorar a uno los tiempos de La Clave. Es un campo en el que da bastante miedo meterse, más todavía si uno no es más que un triste bloguero del montón y encima va provocando y se atreve a sostener opiniones que, si bien no siguen al pie de la letra la línea del gobierno, sí sostienen que estamos ante una situación descontrolada que necesita de algún tipo de normativa.

    Mantener esa postura, tal y como está el patio, equivale a comprarse papeletas de quince en quince para ser tachado de fascista, gilipollas, sectario, apesebrado de Zapatero o todo lo anterior; para verse obligado a reforzar el antivirus y que no deje pasar ni al cobrador de la luz; para que el listado de amigos en Facebook descienda de manera fulminante… y los contactos en el mundo físico, también. Es algo parecido a lo que te ocurría en los ochenta si te atrevías a decir en voz alta que no te gustaba el cine de Almodóvar; aunque ahora, dos Oscar y muchos triunfos después, ya podamos despellejarle a gusto.

    Nunca hemos sido en España muy dados a los matices. Por ello, no tiene ningún sentido plantearse analizar un asunto lleno de complejidades, sacar la cabeza fuera del agua para ver cómo andan las cosas por otros países, ver todos los detalles que diferencian las razones de cada una de las partes que intervienen. Nada de eso; es mucho más sencillo arrogarse el papel de defensor a ultranza de la libertad de expresión, y demostrarlo a continuación acusando a todos los que no piensen como uno de ser unos vendidos a intereses del pelaje más diverso, pero todo oscuros por igual. Eso es lo que estoy percibiendo yo, al menos en buena parte de los autoproclamados representantes de los internautas y en no pocos medios de comunicación cada vez más inclinados a la descalificación del contrario como elemento principal. Sin contar, obviamente, los que se han lanzado a utilizarlo como arma política, intentando vender la idea de que sin este gobierno viviremos mejor, al menos en ese aspecto, y cualquiera que llegue después dejará a los internautas campar y descargar por sus respetos. Educadamente, permítanme que me parta la caja. Y en entradas posteriores intentaré explicar los  motivos.

    Dicho todo esto, y aún con la íntima convicción de que no servirá de nada, voy a intentar exponer aquí por qué Internet sí necesita una legislación. Es un tema, ya lo he dicho, largo y enrevesado, que va a necesitar de más de una entrada para siquiera empezar a desarrollarse. Así que, si alguien ha tenido la paciencia de leer hasta aquí, le pediría que la tuviera también para leer los siguientes posts, que comenzará, creo, del modo más lógico: con un poco de historia para ver cómo empezó todo esto y cómo hemos llegado a estar donde estamos.

  • Facebook: amigos, conocidos y conectados

    Publicado el 7 07UTC Mayo 07UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    opinion

    El último recuento que he hecho de mis amigos en Facebook arroja la cifra de 93, lo que probablemente me sitúa en la categoría de aquellos que no son ermitaños digitales al cien por cien. El último recuento de amigos en la vida real, de los que han estado a mi lado durante una etapa de mi vida que no quiero volver a repetir y que espero haya concluido ya, se pueden contar con los dedos de una mano, y me sobran para teclear esto.

    Se ha debatido mucho sobre el auge de las redes sociales y su papel como sustitutivo de la amistad verdadera. Supongo que buena parte de la polémica se deriva del uso, demasiado generoso, de la palabra “amigo”, con la que se califican a todos y cada uno de nuestros contactos digitales, cuando en realidad es uno de los términos que deberíamos emplear con más cuidado. Me estoy acordando ahora de la frase de Josep Pla –recordada recientemente por Juan Cruz- que dividía a la gente en amigos, conocidos y saludados, y opino que no estaría mal actualizarla como amigos, conocidos y contactados. Lo cual se ajusta mucho mejor a las 93 personas que forman mi grupillo social en Facebook… entre las cuales, por otra parte, también hay algún amigo.

    Facebook puede ser muchas cosas, pero desde luego no es ninguna herramienta mágica para hacer amigos. Cada uno la maneja como quiere, pero si yo no estoy contactado con demasiada gente, se debe en buena parte a que no admito a nadie a quien no conozca en persona, siquiera mínimamente. La coincidencia en el apellido o en el lugar de origen no es suficiente para que me decida a engancharme con gente con la que, por otra parte, no tengo ninguna relación. Y aún así…

    Entré en Facebook porque me metieron, como suele ocurrir con estas cosas. Luego me decidí a utilizarlo al ver que contaba en red con un número apreciable de parientes. A partir de ahí, las cosas han ido creciendo, y en mi grupo se unen ex compañeros de colegio con ilustres colegas y contactos profesionales. Ni se me pasa por la cabeza hacerme amigo de Rajoy o de Zapatero. Sí estoy conectado con algunos nombres bastante populares, como Javier Sierra, de profesión sus bestia-sellers, Fernando Berlín, hombre de radio, tecnólogo e internetero, o Pepe Colubi, el rey de la tele, que ahora triunfa con sus ¡Pechos Fuera!, pero si están en mi lista ello se debe a que ya nos conocíamos antes de que se creara Facebook. Con todo, cuando entro en sus perfiles compruebo que todos tienen miles de contactos, lo cual sólo puede explicarse gracias a que cuentan con una simpatía arrolladora o a que utilizan su perfil como una herramienta de promoción personal o profesional (eso sí, cuando les he enviado un mensaje siempre me han respondido).

    Yo creo que cuando pase la tormenta, es decir, cuando descienda la ebullición de las redes sociales y su uso se vaya normalizando tal y como ha pasado con otras modas de Internet, utilizaremos Facebook como lo que es: una herramienta de contacto algo más completa –en algunos aspectos- e instantáneas –en otro- que el teléfono o el correo electrónico. No nos hace más populares (bueno, a lo mejor a Rajoy sí ¿lo cogen?) más listos ni más guapos. Ni es una herramienta para acabar teniendo un millón de amigos, como cantaba Roberto Carlos.

  • SMS: ¿buen principio?

    Publicado el 4 04UTC Mayo 04UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    Al margen de que se esté de acuerdo o no con su ideología, hay que reconocer que la nueva página web de los peperos tiene muy buena pinta: fresca, clara, actual.

    Falta por ver si van a ser capaces de sacarle todo el partido y hacer política como mandan los cánones en los albores del siglo XXI. La página de un partido ya no puede ser un mero escaparate, sino una herramienta interactiva al ciento diez por cien.

    Claro que la mejor prueba de fuego es una buena campaña electoral…

  • La montonera virtual

    Publicado el 30 30UTC Abril 30UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    opinion4 El otro día almorcé en el De María de la Gran Vía, un restaurante argentino –pertenece a una cadena- que ofrece una buena opción de menú en barra (lo apunto aquí en honor de los lectores carnívoros: morcilla o chorizo criollo, patatas fritas, asada o ensalada, medio asado de tira, copa de vino, helado o café, doce euros). A mi derecha, en la pared, había un pequeño cajetín de madera y sobre él, una gorra de béisbol bastante ajada. Me di cuenta de ello porque el encargado del local pasó por al lado, pareció percatarse en ese momento de su presencia y, cogiéndola, preguntó a los camareros de quién era.

    - Es de un señor que viene a tomarse su café, y le gusta dejarla ahí. – Contestó uno.

    - ¿Pero viene todos los días?

    - Todos los días, no; pero muy a menudo.

    Sin prestar demasiada atención a la respuesta, el encargado ordenó que tiraran la gorra. “¡Pues sí que estaríamos buenos si todo el mundo dejara aquí sus cosas!”, masculló, y se perdió por las interioridades del local.

    Mientras atacaba mi asado, pensé que el encargado, desde luego, actuaba como cabe esperarse hoy en día de un profesional de su ramo en una gran ciudad. Quizá no tenía memoria suficiente para saber que, en otros tiempos, incluso una población del tamaño de Madrid sí establecía este grado de confianza con los clientes de los establecimientos públicos. El periodista Jesús Pardo recuerda en sus memorias sus tiempos de gijonero de pro, donde frecuentaba el café tan a menudo como para dejar en él a perpetuidad varios de sus libros de literatura y filosofía. Hoy, puede que esa costumbre siga en uso en pueblos pequeños e incluso en ciudades de tamaño medio, pero la despersonalización y la paranoia que parecen correr por las arterias de nuestras megalópolis la han desterrado de ellas.

    Hay una excepción, claro. La mayor población del mundo. Más que enorme, inabarcable y repleta de establecimientos donde no podemos entrar a tomar un café –es lo malo de que sean virtuales- pero en los que, con plena confianza, entramos y dejamos nuestra gorra o nuestros libros con la seguridad de que allí seguirán, intactos y a nuestra disposición, cuando se nos ocurra volver. Todos tenemos miles de correos electrónicos alojados en servidores, cientos de fotos en Flickr o Picasa, y la historia de nuestra vida y milagros en proporción creciente en Facebook. Los parados –ay- dejan su historial profesional en Infojobs o Linkedin, y las nuevas radios en red tienen horas de música para que las disfrutemos, sin que esas canciones estén físicamente en nuestro ordenador. Los aficionados a Twitter incluso pueden dejar un elemento nuevo, su rutina diaria, con micronoticias fascinantes (“Voy a cambiarle el agua al canario”, “me he pillado el desto izquierdo al subirme la cremallera…”). Algunas de estas cosas las compartimos con amigos y conocidos, otras con todo el mundo, y aún otras son para nuestro uso exclusivo y personal. Muy pocos usuarios sabrían decir con certeza dónde quedan guardados esos objetos personales que alegremente abandonan a la red; pero no tienen reparo en hacerlo, de todos modos. Posiblemente no exista ningún lugar en el mundo donde dejemos con tanta despreocupación pedazos de nuestra personalidad.

    Y a veces juego con un pensamiento que me da mareos: ¿pueden imaginarse que todo ese material cobrara presencia física en su forma analógica de papeles, discos, fotografías… y apareciera de repente sobre la superficie del planeta? Puede que no sea exagerado hablar de 6.000 millones de personas enterradas por esa marea de material. Una de las definiciones más tópicas de Internet es la que lo califica como “la biblioteca de Babel”. Yo casi prefiero la de “la montonera virtual”. ¿Alguien quiere una gorra?

  • La gripe porcina, estrella de Internet

    Publicado el 28 28UTC Abril 28UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    imagephp Ni Fernando Alonso, ni Carla Bruni, ni Rafael Nadal… bueno, ni siquiera el porno. Según acaba de dar a conocer un estudio de Nielsen Online, el tema más buscado por los españoles en Internet durante los últimos cuatro días ha sido la epidemia de gripe porcina mexicana: más de 200.000 consultas originadas en nuestro país sobre el riesgo de una pandemia o las formas de posible contagio.

    Tan escaso espacio de tiempo les ha bastado a las denominaciones “crisis porcina” o “fiebre porcina” para colocarse en la decimoséptima posición de términos más buscados en la Red. Y los blogueros españoles han generado más de 1.600 comentarios o posts sobre este tema. Háganse a la cuenta de que este es el 1.601…

    Visto –y oído- como han tratado el tema los medios, no me extraña. No se puede decir que hayan contribuido precisamente a tranquilizar al personal y a explicar con calma y precisión las características de la enfermedad, sus vías de contagio y el verdadero alcance del riesgo. Más bien habría que pensar que tenemos a la muerte roja llamando a las puertas del castillo y el mal puede contagiarse por exceso de torreznos, o por escuchar demasiado a Vicente Fernández (ninguna relación con el propietario del blog).

    ¿Un consejo? Sigan buscando lo de siempre, y recurran a medios fiables. Cuanto menos alarmistas sean, suelen ser más fiables. Aunque eso no venda…

  • SMS: Retorno al pasado

    Publicado el 27 27UTC Abril 27UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 1 comentario

    Me siento de repente como dentro de la serie La chica de ayer, o de su versión inglesa, Life on Mars. Ya saben que el protagonista de ambas es un tipo que, no se sabe por qué, retrocede treinta años en el tiempo. Bueno, pues parece que Lorenzo Lamas ha andado por Madrid para promocionar el lanzamiento en DVD de la primera temporada de Falcon Crest.

    Lo cual tiene su gracia, porque:

    Falcon Crest es cosa del pasado. Estuvo muy bien, tuvo mucho público, fue un bombazo, pero pasó. Se fue.

    Lorenzo Lamas es, indiscutiblemente, cosa del pasado.

    Y los DVDs TAMBIEN son cosa del pasado.

    Life on Mars, ya les digo.

  • Perdidos, las descargas y la iniciativa Dharma

    Publicado el 23 23UTC Abril 23UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 3 comentarios

    opinion2 El caso de Perdidos, que Cuatro anda publicitando de manera exagerada tras haberse hecho con los derechos de la serie, es un punto de partida perfecto para seguir hablando del tema de las descargas ilegales. Y, más específicamente, de la falta de reflejos de la industria audiovisual a la hora de adaptarse a los nuevos tiempos. Lost no es solo una de las series de más éxito de los últimos años, sino también, como consecuencia clara de ello, una de las más pirateadas. No podía haber sido de otra forma.

    No creo que esa anunciada reposición de todos los episodios que anuncia la cadena vaya a servir de mucho. Lo que queremos -me incluyo- los fans de la serie no es que nos vuelvan a poner los episodios antiguos, sino ver YA los nuevos. Ya. Ahora mismo. Más aún cuando sabemos que en Estados Unidos la quinta temporada comenzó el pasado 21 de enero. Han pasado ya tres meses, y aún no tiene fecha de estreno en España. Eso hace no demasiados años se consideraba normal, pero hoy en día mucha gente no está dispuesta a seguir esperando y, como no cuenta con ninguna alternativa legal para ver esos capítulos, al grito de ¿por qué los yanquis sí y yo no? se lanza a la carga. Y a la descarga.

    Está claro: una serie de televisión, o una superproducción de Hollywood no pueden ya dejar pasar excesivo tiempo para llegar a las diversas partes del mundo. Las zonas de estrenos y de codificación de DVDs están muertas. Y enterradas. Cuanto antes lo reconozca la industria, será mucho mejor para ella y para todos.

    Pero imaginemos que una persona quiere apuntarse ahora a ver qué es eso de Perdidos; debería empezar a ver la serie desde el primer capítulo. ¿Qué alternativas tiene para ello? En efecto, apuntarse a alguna reposición en la tele, y poco más. Si algún amigo ha grabado los episodios, pedírselos. Y si no, pues claro, comprarse los DVDs. A 40 euros por temporada, menos la cuarta, que son 50. Pero imaginemos que esa persona sólo quiere ver los episodios; no tiene interés en conservarlos después. ¿Cuenta con alguna opción viable de alquiler, algo que le permita descargárselos para visionado a un precio razonable? ¿Y qué es un precio razonable? ¿50 céntimos por episodio, diez euros por temporada? ¿Pero cómo va a ofrecer esos precios una productora, si se sigue forrando con la venta de los DVDs? Para ese atribulado espectador, siempre queda la red. Y, si no es legal, seguro que lo siente mucho.

    Por otra parte , y como último punto a considerar ¿qué es legal y qué no? Mi opinión personal –este es un artículo de opinión, a fin de cuentas- es que si yo cuelgo en la red para su descarga episodios de Lost aún no emitidos estoy realizando una actividad ilegal. Pero ¿puede decirse lo mismo de episodios ya emitidos, ultrarepuestos, y susceptibles de haber sido grabados miles de veces en DVD o en –aún existen- VHS? ¿Qué diferencia hay entre grabar la enésima reposición de la primera temporada y verla después saltándose los anuncios o, directamente, descargarla de la red?

    Como siempre en este tema, hay más preguntas que respuestas, pero las últimas apuntan todas a un cambio total, radical, en el modelo de negocio. Lo único claro es que la industria audiovisual, siguiendo su viejo principio, continúa dándole a la gente lo que quiere. Pero no se lo está dando de la manera adecuada.

  • SMS: fondo y formas

    Publicado el 20 20UTC Abril 20UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla Sin comentarios aún ...

    Ha sido ampliamente comentado el artículo que el profesor Enrique Dans publicaba el pasado viernes en su blog, en el que criticaba sin piedad el reportaje aparecido ese mismo día en El País sobre las descargas en Internet. Comentado, me temo, no tanto por su contenido como por sus formas:

    “Vergonzoso publirreportaje en El País…”, “torpe, mal documentado”, “espantosamente tendencioso”, “desprestigia a todo un medio”, “publirreportaje malo y mentiroso…”

    Es una lástima que a una de las cabezas mejor amuebladas de España en lo que se refiere al análisis y la evolución de Internet se le calienten de esa manera las teclas a la hora de opinar. Miedo me da decir que a mí el reportaje no me pareció nada de eso. Y miedo me da incluso publicar aquí estas breves líneas de opinión. Cómo está el patio, rediós.

  • Aviso: esto es un artículo en defensa de González-Sinde

    Publicado el 16 16UTC Abril 16UTC 2009 Vicente Fernández de Bobadilla 4 comentarios

    opinion1

    Me lo dijeron hace tiempo: si quieres lectores en tu blog, crea polémicas, métete en fregados, toca las narices.

    Vale. Pero esa no es la intención. Aunque tal y como está el patio, no tengo muy claro cómo se puede tomar el personal un texto donde servidor defienda a la recién nombrada Ministra de Cultura. Probablemente la mitad de los lectores, si no todos, piensen que estoy fatal ya del Alzheimer a mis (casi) cuarenta y cinco tacos y decidan no volver por aquí. Pero no tengo más remedio. Aunque sólo sea para intentar poner un poco de sentido en una situación que me parece desquiciada de principio a fin.

    Para empezar, a pesar de que uno tiene ya bastantes años de mili encima, no recuerdo ni un solo caso de un miembro del gobierno al que se haya recibido con tal hostilidad antes incluso de que empiece a ejercer. No había dicho la buena señora una sola palabra, y ya le había caído encima un aluvión de improperios propios de una final de liga.

    Los insultadores pueden dividirse en dos categorías principales:

    a)     Los representantes de nuestra derecha extrema que no pueden apearse de sus obsesiones (son minoría, que conste, pero hacen mucho ruido) y cuya capacidad de raciocinio no va mucho más allá de “ZP nombra a una amiga suya para que reparta subvenciones entre los titiriteros de la ceja”. Son muy libres de pensar así, pero como me gustaría mantener un cierto nivel intelectual en los temas que se tratan en este blog -por lo menos de dos neuronas funcionando a la vez-, lo mejor será no hacerles demasiado caso.

    b)     Los internautas. O parte de los internautas. Bueno, un colectivo de internautas que no ha parado de hacer todo el ruido posible para exigir su dimisión i-rre-vo-ca-ble (como González-Sinde viene del mundo del cine, esta palabra puede leerse con el tono de Jose Luis López Vázquez), con manifiestos, proclamas y la creación de grupos en Facebook que han ido creciendo como la espuma. A la cabeza, cosa que no me sorprende mucho, la Asociación de Internautas y su mediático presidente Victor Domingo, que ha andado chupando estos días más cámara que la propia ministra.

    ¿Y todo esto a santo de qué? Básicamente, a la alarma producida por las declaraciones pasadas y presentes de González-Sinde referidas a las redes de intercambio de archivos y la necesidad de imponer algún tipo de regulación, porque es que a la Ministra se le ha ocurrido –hay que ver qué imaginación- que son redes donde la gente piratea sin tasa (nunca mejor dicho) archivos cuyo contenido está sujeto a leyes de copyright y del que, por tanto, no puede disponerse gratis. Claro, ante semejante barbaridad es lógico que, como dicen en la Asociaciónse reconsidere su continuidad al frente del Ministerio tal y como clama toda la Red.

    A mí este último párrafo es el que me toca las narices, sobre todo porque revela un egocentrismo atroz. Muchos internautas, sí. Concretamente, mientras escribo esto, 22.894 en el grupo principal. Quiero creer que en “toda la red” estamos algunos que pensamos de otra manera, y tenemos nuestras razones para ello.

    Pero antes de seguir, se impone una aclaración.

    Dije que este era un artículo en defensa de Ángeles González-Sinde.

    En realidad, es un artículo en defensa de cualquier persona que ocupe ese cargo. Del PSOE o del PP. De izquierdas o de derechas. Es decir, es en defensa de cualquier persona que se atreva a decir que así no podemos seguir; que España no puede seguir estando a la cabeza de Europa en descargas ilegales. Que la cultura puede ser un derecho de los ciudadanos, pero quienes la fabrican tienen a su vez otro derecho: el de recibir una compensación económica por sus productos. Y esto último parece que no nos entra en la cabeza, y no sólo aquí. El reciente pirateo masivo –más de 100.000 descargas en unos días- de Lobezno un mes antes de su estreno ha sido justificado por más de uno alegando que, a fin de cuentas, se estaba atacando a “una multinacional”, lo cual, aplicado a otros campos, nos daría pie a llevarnos sin pagar cualquier cosa fabricada por esas malvadas corporaciones.

    Porque hay una cosa indudable: el futuro de la industria del entretenimiento está en las descargas. Nadie quiere soportes físicos. Comprar CDs y DVDs es cosa de viejunos, y Sony se está comiendo con patatas su Blu-Ray. El público quiere las cosas en su casa, las quiere rápido, sin esperar fechas de estreno divididas en todo el mapamundi, y pagando precios justos. La oferta legal no deja de crecer, y va a seguir haciéndolo en los próximos años. Es impensable creer que con el tiempo los controles y la regulación sobre quién se baja qué no se van a ir haciendo más precisos y exhaustivos; hay demasiado dinero en juego. ¿Vamos a llamar fascista, inútil, interesado y lacayo de la SGAE a todo el que nos recuerde esto?

    Supongo que, si han llegado hasta aquí, habrán visto que a lo largo de este artículo no he ofrecido ni una sola solución al problema. Y es porque no la tengo. Un cambio en los hábitos mundiales de consumo audiovisual –y habrá que ver si dentro de poco, también escrito, con el nuevo auge de los ebooks- es algo de tal magnitud y complicación, que sólo podrá ser resuelto con mucho trabajo y mucho diálogo por todas las partes interesadas. Que las multinacionales del sector han hecho mucho el burro en los últimos diez años, negándose a ver las señales y exprimiendo la vaca del DVD, es algo incuestionable. Que aquí hay mucha gente a la que le gustaría que la Red siguiera siendo Dodge City, también. Insisto en que no sé cuál puede ser la solución, pero sí tengo claro que no pasa por portarse como un montón de niños pequeños berreando porque la nueva seño les tiene manía.