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La montonera virtual
Publicado el 30 30UTC Abril 30UTC 2009 Sin comentarios aún ...
El otro día almorcé en el De María de la Gran Vía, un restaurante argentino –pertenece a una cadena- que ofrece una buena opción de menú en barra (lo apunto aquí en honor de los lectores carnívoros: morcilla o chorizo criollo, patatas fritas, asada o ensalada, medio asado de tira, copa de vino, helado o café, doce euros). A mi derecha, en la pared, había un pequeño cajetín de madera y sobre él, una gorra de béisbol bastante ajada. Me di cuenta de ello porque el encargado del local pasó por al lado, pareció percatarse en ese momento de su presencia y, cogiéndola, preguntó a los camareros de quién era.- Es de un señor que viene a tomarse su café, y le gusta dejarla ahí. – Contestó uno.
- ¿Pero viene todos los días?
- Todos los días, no; pero muy a menudo.
Sin prestar demasiada atención a la respuesta, el encargado ordenó que tiraran la gorra. “¡Pues sí que estaríamos buenos si todo el mundo dejara aquí sus cosas!”, masculló, y se perdió por las interioridades del local.
Mientras atacaba mi asado, pensé que el encargado, desde luego, actuaba como cabe esperarse hoy en día de un profesional de su ramo en una gran ciudad. Quizá no tenía memoria suficiente para saber que, en otros tiempos, incluso una población del tamaño de Madrid sí establecía este grado de confianza con los clientes de los establecimientos públicos. El periodista Jesús Pardo recuerda en sus memorias sus tiempos de gijonero de pro, donde frecuentaba el café tan a menudo como para dejar en él a perpetuidad varios de sus libros de literatura y filosofía. Hoy, puede que esa costumbre siga en uso en pueblos pequeños e incluso en ciudades de tamaño medio, pero la despersonalización y la paranoia que parecen correr por las arterias de nuestras megalópolis la han desterrado de ellas.
Hay una excepción, claro. La mayor población del mundo. Más que enorme, inabarcable y repleta de establecimientos donde no podemos entrar a tomar un café –es lo malo de que sean virtuales- pero en los que, con plena confianza, entramos y dejamos nuestra gorra o nuestros libros con la seguridad de que allí seguirán, intactos y a nuestra disposición, cuando se nos ocurra volver. Todos tenemos miles de correos electrónicos alojados en servidores, cientos de fotos en Flickr o Picasa, y la historia de nuestra vida y milagros en proporción creciente en Facebook. Los parados –ay- dejan su historial profesional en Infojobs o Linkedin, y las nuevas radios en red tienen horas de música para que las disfrutemos, sin que esas canciones estén físicamente en nuestro ordenador. Los aficionados a Twitter incluso pueden dejar un elemento nuevo, su rutina diaria, con micronoticias fascinantes (“Voy a cambiarle el agua al canario”, “me he pillado el desto izquierdo al subirme la cremallera…”). Algunas de estas cosas las compartimos con amigos y conocidos, otras con todo el mundo, y aún otras son para nuestro uso exclusivo y personal. Muy pocos usuarios sabrían decir con certeza dónde quedan guardados esos objetos personales que alegremente abandonan a la red; pero no tienen reparo en hacerlo, de todos modos. Posiblemente no exista ningún lugar en el mundo donde dejemos con tanta despreocupación pedazos de nuestra personalidad.
Y a veces juego con un pensamiento que me da mareos: ¿pueden imaginarse que todo ese material cobrara presencia física en su forma analógica de papeles, discos, fotografías… y apareciera de repente sobre la superficie del planeta? Puede que no sea exagerado hablar de 6.000 millones de personas enterradas por esa marea de material. Una de las definiciones más tópicas de Internet es la que lo califica como “la biblioteca de Babel”. Yo casi prefiero la de “la montonera virtual”. ¿Alguien quiere una gorra?



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