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Por qué Internet necesita una legislación (2): el semáforo inevitable
Publicado el 7 07UTC Febrero 07UTC 2010 1 comentarioUna de las cosas buenas de Internet es su facilidad para proporcionarnos al instante datos de relevancia variable. Por ejemplo, para seguir con esta serie de artículos necesitaba saber el momento en el que fue instalado el primer semáforo del mundo. De acuerdo con diversas páginas, este aparato de regulación del tránsito rodado apareció en Estados Unidos en 1920, más concretamente en el cruce de las avenidas Woodward y Michigan, en Detroit (precisamente la llamada ciudad del automóvil). Su creador fue el oficial de policía William L. Potts, que pensó que el creciente número de coches imponía pensar en nuevos sistemas para controlar la circulación, aunque el modelo que finalmente se popularizó por todo el país fue uno similar desarrollado por Garrett Morgan, de Ohio, y adquirido por la General Electric. Pero nos estamos yendo por la tangente. Lo que importa es recordar aquí cómo los coches comenzaron a necesitar de una legislación y un código de conducta cuando las dimensiones del parque móvil lo hicieron necesario.
Supongo que ya se me ve venir. Pero es que los paralelismos entre el nacimiento y desarrollo de la Red y el automóvil son tantos que no lo he podido ni querido evitar. De entrada, son dos de los inventos que más decisivamente han cambiado la historia y la configuración del mundo. Y luego, sus inicios tienen, en efecto, algunas cosas en común. Por ejemplo, según nos cuentan Asa Briggs y Peter Burke en su libro De Gutemberg a Internet, el advenimiento del coche sin caballos –horseless carriage, como se le llamaba entonces- produjo manifestaciones de opinión que abogaban por proporcionar “nuevas libertades, entre ellas, la “libertad de la carretera””. Pero las cosas no iban a ser así: “Desde el primer momento, la libertad de la carretera señaló la necesidad de control”, señalan los autores, recordando que las bandejas rojas utilizadas para limitar la velocidad estuvieron en uso desde mucho antes de que se construyera la primera autopista.
Probablemente si los automóviles hubieran seguido siendo, como en un principio, un lujo reservado a unos pocos afortunados, la necesidad de una estructura de control que las décadas y la tecnología han ido haciendo cada vez más compleja, nunca habría surgido. Y, de la misma manera, si Internet nunca hubiera pasado de sus pañales, cuando su uso estaba reservado a científicos y militares, únicos que por otra parte podían computar en los escasos y enormes ordenadores de la época, yo no habría escrito este artículo y nadie lo estaría leyendo (puede que tampoco lo haga demasiada gente, de todos modos). Pero los coches se abarataron y su uso creció. Influyeron no sólo en el transporte, sino en la economía y en la propia configuración de las poblaciones y las estructuras de comunicación, además de crear nuevas oportunidades de negocio. Exactamente igual que Internet.
Al mismo tiempo, su uso también ha traído aparejada una serie de problemas, como la contaminación o los accidentes, que se han intentado –y conseguido- paliar precisamente a golpe de legislación. Nadie se ha creído que la imposición de multas de tráfico cada vez más duras y la aparición de iniciativas como el carnet por puntos hayan supuesto una agresión a la libertad de nadie; sí han contribuido a reducir el número de muertos que durante mucho tiempo se ha considerado como un precio necesario para disfrutar de una invención que, sin duda, ha aportado a la humanidad muchas más ventajas que inconvenientes.

Soy Jaron Lanier y no, cuando no estoy escribiendo sobre Internet no tengo ningún grupo de reggae... ¿Por qué todos me preguntan lo mismo?
Ah, pero Internet no es un medio de transporte, sino un medio de comunicación y expresión; y además su uso indebido aún no ha matado a nadie. Cierto en ambos casos. Pero eso no quiere decir que ese uso indebido no esté afectando a la propia Internet, tanto como a los usuarios. El endurecimiento en las sanciones de tráfico fue recibido de uñas por parte de muchas personas. Ahora, textos como este tampoco son especialmente populares, y menos aún considerando cómo están las cosas. Pero, sinceramente, creo que cada vez somos más los que comenzamos a pensar así.
Es curioso, pero algunos de los éxitos editoriales más recientes referidos a Internet son los que señalan sus aspectos más negativos, a los que muy pocos se han molestado en prestar atención. Y sus autores son expertos como como Andrew Keen o Jaron Lanier, que han merecido una atención multitudinaria con sus libros The Cult of the Amateur y I am not a gadget, en los que, cada uno a su manera, nos cuentan cómo la realización de una Internet anárquica ha desembocado en un marco más digno de El señor de las moscas, con la utopía rota, inservible y perjudicial para todos los que están en ella.
Son algunos de los que han comenzado a señalar la necesidad de unas reglas de juego, los que se han atrevido a señalar los cruces donde deberían instalarse los primeros semáforos. En la próxima entrega cruzaremos la calle para repasar las predicciones de algunos de los que están en el otro lado.
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Por qué Internet necesita una legislación (1): ¿Cuántos amigos voy a perder?
Publicado el 24 24UTC Enero 24UTC 2010 5 comentariosAlgunos periodistas construyen su reputación a partir de un solo éxito, un programa o un medio cuya reputación permanece por siempre inmaculada, y al mismo tiempo impulsa la suya propia durante el resto de sus carreras. Es el caso de Jose Luis Balbín y La Clave. Emitido en TVE durante los primeros años de la Transición, ha quedado en la memoria de quienes lo vimos como un espacio de debate modélico, de los mejores que jamás hayan pasado por nuestras pantallas (inciso: ya que TVE está enfocada –dicen- a cumplir con su cometido de servicio público, podría ocurrírsele a alguien colgar en su web una selección de los mejores espacios del programa, igual que han hecho con serie señeras como Curro Jiménez o Los Gozos y las Sombras. Sólo una sugerencia).
¿Qué tenía La Clave de particular? Básicamente, dos cosas: una, el nivel de los invitados, expertos nacionales e internacionales en el tema que fuera a debatirse en cada programa. Y dos, el tono general de los debates, que respondía sin estridencias a eso que entonces se entendía por intercambio de ideas, mesurado y respetuoso, que lograba que los espectadores sintiéramos esa sensación tan excepcional cuando de la televisión se trata que es la de estar aprendiendo al tiempo que se ve y se escucha.Unos tiempos anteriores a la llegada del padre Apeles, Juan Adriansens o Isabel Durán, y que, como todos los tiempos pasados, se han perdido para siempre, y en esta ocasión por más de un motivo.
¿Pero aquí no íbamos a hablar de Internet? A eso voy. Todo este rollo preliminar venía porque el intercambio de improperios en que se han convertido desde hace ya tiempo las reuniones, propuestas y contrapropuestas sobre una legislación que controle de alguna manera el intercambio de archivos en Internet le hace añorar a uno los tiempos de La Clave. Es un campo en el que da bastante miedo meterse, más todavía si uno no es más que un triste bloguero del montón y encima va provocando y se atreve a sostener opiniones que, si bien no siguen al pie de la letra la línea del gobierno, sí sostienen que estamos ante una situación descontrolada que necesita de algún tipo de normativa.
Mantener esa postura, tal y como está el patio, equivale a comprarse papeletas de quince en quince para ser tachado de fascista, gilipollas, sectario, apesebrado de Zapatero o todo lo anterior; para verse obligado a reforzar el antivirus y que no deje pasar ni al cobrador de la luz; para que el listado de amigos en Facebook descienda de manera fulminante… y los contactos en el mundo físico, también. Es algo parecido a lo que te ocurría en los ochenta si te atrevías a decir en voz alta que no te gustaba el cine de Almodóvar; aunque ahora, dos Oscar y muchos triunfos después, ya podamos despellejarle a gusto.
Nunca hemos sido en España muy dados a los matices. Por ello, no tiene ningún sentido plantearse analizar un asunto lleno de complejidades, sacar la cabeza fuera del agua para ver cómo andan las cosas por otros países, ver todos los detalles que diferencian las razones de cada una de las partes que intervienen. Nada de eso; es mucho más sencillo arrogarse el papel de defensor a ultranza de la libertad de expresión, y demostrarlo a continuación acusando a todos los que no piensen como uno de ser unos vendidos a intereses del pelaje más diverso, pero todo oscuros por igual. Eso es lo que estoy percibiendo yo, al menos en buena parte de los autoproclamados representantes de los internautas y en no pocos medios de comunicación cada vez más inclinados a la descalificación del contrario como elemento principal. Sin contar, obviamente, los que se han lanzado a utilizarlo como arma política, intentando vender la idea de que sin este gobierno viviremos mejor, al menos en ese aspecto, y cualquiera que llegue después dejará a los internautas campar y descargar por sus respetos. Educadamente, permítanme que me parta la caja. Y en entradas posteriores intentaré explicar los motivos.
Dicho todo esto, y aún con la íntima convicción de que no servirá de nada, voy a intentar exponer aquí por qué Internet sí necesita una legislación. Es un tema, ya lo he dicho, largo y enrevesado, que va a necesitar de más de una entrada para siquiera empezar a desarrollarse. Así que, si alguien ha tenido la paciencia de leer hasta aquí, le pediría que la tuviera también para leer los siguientes posts, que comenzará, creo, del modo más lógico: con un poco de historia para ver cómo empezó todo esto y cómo hemos llegado a estar donde estamos.





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